- El mapa de un tesoro -


Hay sensaciones que sólo pueden sentirse 

de manera auténtica por primera vez . 


Nos acostumbramos a ciertos paisajes, olores, caminos... y dejamos de prestarles la importancia que merecen. Las costumbres nos vuelven perezosos de lo cotidiano. Pero hay algo que siempre ansío cuando se va acabando el verano: Hace unos años alguien me enseñó un camino que conservo como un mapa del tesoro y al que me gusta jugar a descubrir una y otra vez. Sorprenderme por el hecho que las escaleras y los pinos sigan ahí temporada tras temporada. Los grillos y las chicharras acompañan mis pasos sobre la pinaza, y el olor a verano, el mar y las noches estrelladas pueden percibirse a cada paso. El agua siempre está fría cuando poco a poco me sumerjo en estas aguas cristalinas y el musgo y los pequeños peces hacen cosquillas a mis pies resbaladizos, que sienten una vez más el frescor intenso de este verde aguamarina. Y podría viajar a través del océano, bucear todos los mares y conocer a todos los peces, que siempre volvería a este rincón, a sentir la libertad y el frescor de flotar en la inmensidad de un recuerdo que siempre se vuelve brillante y único al sentir todo mi cuerpo debajo de este agua, que se vuelve más y mas transparente a medida que me alejo de la orilla. 

Y, cuando mi respiración dice basta, salgo a la superficie, e invito al pirata que me acompaña a zambullirse a buscar conmigo el tesoro de ese mapa que nunca me canso de encontrar. 

- Desaparecer -













Mi mente conserva imágenes borrosas de este invierno que ya se ha alejado. 

Ha sido duro y largo, y ha nevado más de lo habitual. 


He tenido que comprarme unas nuevas botas para soportar el frío que calaba mis pies a cada paso que daba y he desaparecido en la nieve, fundiéndome con ella para volver a florecer con la llegada del buen tiempo. He estado algo desaparecida, mi cuerpo y mi mente necesitaban un periodo de letargo. He hibernado con los osos, los zorros y demás animales del bosque, y ahora salgo de la madriguera que tanto cobijo me ha dado.
He estado leyendo, descubriendo, paseando... Llorando he descubierto que no hay mejor sitio que la cama de una madre para descansar durante días y sentir que puedes volver a empezar. Los brazos de un amante sincero que te llevan a sitios dónde sentir la libertad de nuevo. ¡Qué bien sienta el aire fresco, los nuevos comienzos, los caminos por descubrir y los abrazos de viejos amigos! 

Se fue el invierno y sus largas y frías noches. Bienvenida brisa de verano! 

- Cabo de Gata, Diario 2 -


Aquí sigo. En el paraíso. Me he despertado antes que saliera el sol, con el zumbido de un mosquito que ayer se coló en mi habitación.


 He hecho una amiga, que se ha convertido en mi confidente, sobretodo porque no puede entender todo lo que le explico, sino dejaría de esperarme cada mañana para ir a pasear. Se llama Azu y es una perrita que me acompaña en mis paseos por este paraje lleno de cactus, flores silvestres y casas de pescadores de madera. De pequeña me mordió un perro y reconozco que siempre los he mirado de lejos, pero con ella siento que nos necesitamos la una a la otra. Ella también está sola estos días, su dueño se ha ido a Marruecos y seguro que le echa de menos. Me pongo un jersey y salimos camino de la montaña. Y así, hablándole y explicándole que hago aquí, porqué me he quedado unos días en este lugar, nos echamos una carrera hasta lo más alto para ver salir el sol. Yo exhausta, me siento a esperar en un roca a que el sol nos caliente para tomar el camino de vuelta a casa, ella busca cobijo entre mis piernas y así nos quedamos un rato. Mientras pienso que cuando me vaya, en unos días, la voy a echar de menos, sale el sol e ilumina lentamente todo el valle. Bajamos, perseguidas por la luz y la fresca brisa de la mañana. Cuando entro por la puerta de la casa que me acoge no puedo evitar sentirme sobrecogida por un sentimiento de fragilidad. Y pienso agradecida en la emoción que uno siente cuando es el dueño de sus pasos. Porqué sentir que podemos escoger nuestro camino nos hace fuertes e invencibles ante cualquier montaña. 

- Cabo de Gata, Diario 1 -















Yo no decidí venir aquí. Unos fuertes brazos me arrancaron como pudieron de mi estado de letargo. 

Me desperté tumbada en la parte de atrás de un coche, cuando ya habían pasado un par de horas de viaje. 


Decidí que iba a dejarme llevar, que ya no tenía nada que perder. Y aquí sigo todavía, cuidando de un corral de gallinas y de un perro que me hace compañía mientras veo como se pone el sol a través de los olivos. Hacía tiempo que no me quedaba sola a explorar una tierra desconocida. Estoy recordando que me gusta la soledad, me gusta escuchar lo que mi cuerpo tiene que decirme, la calma de los paseos al atardecer y conducir por carreteras sin asfaltar y sin un rumbo concreto. Me estoy dejando llevar, a ver dónde llego. Un par de semanas sintiendo el sol sobre mis mejillas, la sal de este mar que tanto añoraba. Si, es Febrero, pero hoy me he desnudado y me he metido en el agua a limpiarme por dentro. Un mensaje a primera hora de la mañana con una tentadora propuesta me he llevado a andar, ésta vez acompañada, por una montaña que escondía un secreto al final del camino. Escondía un mundo de esos que alguien te cuenta alguna vez, un mundo de utopía hecha realidad, de gente que cree en un mundo distinto y que ha decidido instalarse en el paraíso. Hace un rato que he vuelto a la casita que me acoge estos días, y me siento radiante, como hacía tiempo que no me sentía. Recuperar esos fragmentos que hemos ido dejando por el camino, reconstruirnos y pensar sólo en el presente es algo que deberíamos hacer con frecuencia. Así que dejarme llevar ha sido un regalo. Uno de esos que no te esperas pero que recuerdas toda la vida. 

- The history of Love -







Estaba sentada en un banco de madera, el sol me secaba el pelo y notaba arder mis mejillas, en un contraste de frío y sol que me dejaba la piel seca. Tenía un libro en las manos, sus tapas eran de color turquesa y estaba algo arrugado de ir cambiando de escenario. Lo había escogido al azar, por su título. Pero hasta entonces no había encontrado el momento para leerlo. 
De vez en cuando, distraída por unas risas amigas y el ruido de unas brasas que cocinaban por nosotros, levantaba la cabeza y te buscaba casi sin ser consciente. Cruzamos miradas, de esas que crean hilos invisibles entre personas. Poco a a poco fue entrando la tarde, y la luz del invierno reflejaba las ramas de una higuera en las páginas de mi libro. Entonces, sólo entonces, te acercaste, te sentaste a mi lado, y me preguntaste: Qué estás leyendo? "La Historia del Amor", te contesté. No esperabas esa respuesta, pero yo me divertí al ver tu cara, algo nerviosa. Buscaste otra respuesta que estuviera a la altura del título del libro. Te reíste, te levantaste y la tarde siguió su ritmo, pero ambos sabemos que si el título del libro hubiera sido otro no se nos habría encogido el estómago de esa manera. Lo que no sabes, es que ese día marqué una página. Sólo una. Ésta: 

"Once upon a time, there was a boy. He lived in a village that no longer exists, in a house that no longer exists, on the edge of a field that no longer exists, where everything was discovered, and everything was possible. A stick could be a sword, a pebble could be a diamond, a tree, a castle. Once upon a time, there was a boy who lived in a house across the field, from a girl who no longer exists. They made up a thousand games. She was queen and he was king. In the autumn light her hair shone like a crown. They collected the world in small handfuls, and when the sky grew dark, and they parted with leaves in their hair."

"Once upon a time there was a boy who loved a girl, 

and her laughter was a question he wanted to spend his whole life answering."

― Nicole Krauss, The History of Love

- Vivamos -



Hace alrededor de tres años Álvaro conducía un coche que ya se jubiló. Fuimos hasta un pueblo del interior de Catalunya y nos perdimos por carreteras secundarias mientras nos contábamos algunos secretos.




Fue un día especial, que recuerdo con especial cariño. Pero hay un detalle que me hace pensar a menudo: Ese día hice una foto a unos árboles a través de un cristal empañado mientras se ponía el sol. Recuerdo hacer una sola fotografía, y enseñársela y que me dijera: Preciosa foto, Mo. No hay nada de especial en eso, si no fuera porque esa foto se perdió. La vimos una sola vez y desapareció. A día de hoy la conclusión más lógica es que la borramos accidentalmente sin darnos cuenta. Fuera como fuese hemos idealizado esa foto como si ella en si misma contuviera algo que no somos capaces de explicar. A menudo, cuando viajamos en coche, uno de los dos piensa en voz alta: ¿Te acuerdas de esa foto? Y hablamos sobre ella, sobre los colores que tenía. Tenemos una imagen mental de ella que estoy segura que defraudaría a nuestros corazones si fuéramos capaces de recuperarla. Si el azar hiciera que pudiéramos poseerla físicamente y dejar de ser una imagen mental nos daríamos cuenta que esa idealización es totalmente exagerada. Y aunque hemos intentado hacer esa misma foto otras veces, nunca hemos conseguido el mismo resultado. Era única por el momento.Es facil llegar a ese razonamiento cuando de trata de una vieja fotografía. 



Pero cuando se trata de momentos o situaciones, las posibilidades se vuelven más dolorosas. Me preguntó porqué idealizamos momentos que nunca existieron, vidas que pudimos tener y que ya nunca tendremos. Es muy fácil pensar y recrear una vida sobre suposiciones, ofuscarnos con situaciones que todavía no han llegado y pensar que si las cosas fueran de otra manera todo sería mucho más fácil. Nunca lo sabremos. Al igual que esa fotografía perdería su magia al volverse real, también la vida que proyectamos. Nada es nunca como lo imaginamos. Ni la situación más idílica viene sin arrastrar ninguna maleta. Todo lo que vemos, idealizamos e imaginamos es real en algún sitio. Y la realidad es lo predecible y lo azaroso, lo bello y lo vulgar, la emoción y la razón. Recordar ese viaje, ese verano, esa mano recorriendo mi espalda o esa fotografía. Es todo lo mismo: una bonita manera de hacer que las cosas nunca pierdan su magia. Dejarlas ya para siempre fuera de la realidad, sin hacerlas un principio de una búsqueda sin sentido. Así que recordemos todo aquello que nos hizo vibrar alguna vez, pero vivamos. 

Vivamos con todas nuestras fuerzas. Feliz año a todos!

- Gritar al viento -





Mi bolsa pesa. Lo suficiente como para pensar, ya en el tren, que en dos días no voy a poder leer 

todos los libros que he metido en mi mochila.


Ariadna y yo hemos decidido "retirarnos" un par de días cerca de una preciosa costa: trabajar en distintos proyectos y alimentarnos es nuestra máxima preocupación. He dejado la cámara en casa, pensando que últimamente se me comen las horas y sintiendo que estos últimos meses se me han escurrido entre los dedos. Permanezco un rato pensando en lo finito del tiempo, en lo poco que le dedico exclusividad y en cómo me ha costado conseguir un fin de semana para mí, para relajarme con un libro, escribir, charlar sobre literatura o poder descubrir y leer al viento citas como ésta: 

"Verás que dispones de menos años de los que cuentas. Haz memoria de cuando estuviste seguro de tu propósito, cuántos días se desarrollaron como los habías programado, cuándo dispusiste de ti mismo, cuándo permaneció tu rostro inmutable y tú ánimo indemne, qué has hecho en tan largo tiempo, cuántos saquearon tu vida sin que sintieras la pérdida, cuánto se llevó el dolor vano, la alegría estúpida, el ávido deseo, los cumplidos, y qué poco ha quedado de lo tuyo. Comprenderás que mueres antes de tiempo. ¿Cuál es entonces la causa de todo eso? Vivís como si fuerais a vivir siempre, nunca recordáis vuestra fragilidad, no observáis cuanto tiempo ha pasado ya. (...) Oirás decir a la mayoría: "A los cincuenta años me jubilaré, a los sesenta me retiraré."¿Qué garantía tienes de una vida tan larga? ¿No te da reparo reservarte los restos de la vida y destinar a la sana reflexión sólo el tiempo que no puede emplearse en otra cosa? ¡Qué tarde es empezar a vivir cuando hay que terminar!" -Séneca-

Y por un par de días ya no importó el peso de mi mochila, ni la cámara olvidada encima de la mesa. Me quedo con las bonitas imágenes que captó mi mente, y algunas de las que os muestro rescatadas de mi teléfono. Me gustaría que, cuando me olvide de éstas palabras, hubiera alguien que lo gritara al viento tan fuerte como para escucharlo y recordar lo que al fin y al cabo importa de verdad.